Las comunidades anteriores a la presencia romana en El Bierzo, y en la Zona Arqueológica de Las Médulas, eran asentamientos castreños, y por lo tanto su núcleo de población era el castro; es decir, un poblado fortificado asentado en una posición topográfica dominante, como El Castrelín de San Juan de Paluezas. Como en este caso, los antiguos pobladores de El Bierzo eligieron cerros o espolones aislados desde cuya parte alta se puede dominar visualmente todo su entorno más inmediato. Esas alturas elegidas como emplazamientos presentan siempre unas condiciones topográficas fácilmente acondicionables, de forma que no resulte muy costosa la tarea de excavar los tesos y levantar las murallas que son comunes en estos castros. Así se logra un recinto cerrado, delimitado y protegido en cuyo interior es fácil construir las viviendas, almacenes, graneros...
Nunca son castros muy grandes -su superficie oscila entre una y dos hectáreas- y albergan a grupos poco extensos, en torno al centenar de personas, y a sus animales domésticos. En ocasiones, como es precisamente el caso de El Castrelín, un primer recinto se hacía pronto pequeño para el grupo; se construía entonces un segundo recinto hacia donde se trasladaban algunas de las labores de carácter secundario, como la estabulación de ganado o la fundición de hierro.
Desde ese reducto de acceso relativamente difícil y con buenas condiciones de habitabilidad (como son una óptima insolación o la proximidad a una fuente de agua), se podían dominar visualmente las tierras que dedicaban al cultivo, en las que se basaba su subsistencia. Esos terrenos en las vegas de los ríos o arroyos no sólo eran necesarios en su economía de base agropecuaria sino que constituían un factor importante a la hora de elegir el emplazamiento del castro.
Practican luchas gymnicas, hoplíticas e hípicas, ejercitándose para el pugilato, la carrera, las escaramuzas y las batallas campales. En las tres cuartas partes del año los montañeses no se nutren sino de bellotas que, secas y trituradas, se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo. Beben "zythos", y el vino, que escasea, cuando lo obtienen se consume enseguida en los grandes festines familiares. En lugar de aceite usan manteca.
Comen sentados sobre bancos construidos alrededor de las paredes, alineándose en ellos según sus edades y dignidades; los alimentos se hacen circular de mano en mano; mientras beben danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión.
Los hombres van vestidos de negro, llevando la mayoría el "ságos", con el cual duermen en sus lechos de paja. Usan de vasos labrados en madera, como los keltoi. Las mujeres llevan vestidos con adornos florales. En el interior, en lugar de moneda practican el intercambio de especies o dan pequeñas láminas de plata recortadas.
A los criminales se les despeña, y a los parricidas se les lapida, sacándolos fuera de los límites de su patria o su ciudad. Se casan al modo griego. Los enfermos, como se hacía en la Antigüedad entre los asirios, se exponen en los caminos para ser curados por los que han sufrido su misma enfermedad. Su sal es purpúrea, pero se hace blanca al molerla.
Así viven esos montañeses, que como dije, son los que habitan en el lado septentrional de Iberia; es decir, los kallaikoí, astoures y kántabroi, hasta los ouáskones y el Pyréne, todos los cuales tienen el mismo modo de vivir.
García y Bellido, A. según la "geografía" de Estrabón.